La manera de vivir de los salvos
”Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” 1 Pedro 1:13-16
¡Somos llamados a vivir como salvos!
Debido
a las abundantes bendiciones espirituales que hemos recibido en Cristo (v. 1:2)
y reconociendo que nuestra fe en esta tierra es puesta a prueba para ser
hallada genuina conforme a los planes soberanos de Dios (vv.
1:6-9), y a que el preciado mensaje de salvación nos ha sido anunciado por
misericordia (vv. 1:10-12), somos llamados a responder con una vida que
refleje nuestra fe, somos llamados a vivir de manera justa,
sobria y piadosa.
En
estos versículos (vv. 13-16), el apóstol Pedro presenta una serie de
instrucciones que nos orientan a vivir de acuerdo con la nueva naturaleza que
hemos recibido en Cristo y a ser fieles al llamado a la santidad. A
continuación, reflexionamos sobre estos puntos:
1. Deshacernos
de la manera antigua de pensar. "Ceñid los lomos de vuestro
entendimiento" (v. 13)
La
invitación es a renovar nuestra mente, despojándonos de los pensamientos y
valores que caracterizaban nuestra vida antes de conocer a Cristo. Como
creyentes, ya no pensamos conforme a los principios del mundo, sino que
nuestras mentes son guiadas por el Espíritu Santo para pensar de manera
espiritual y alineada con la voluntad de Dios. Este proceso de transformación
implica un constante ejercicio de someternos a la verdad de la Palabra de Dios,
que cambia nuestra forma de ver el mundo y de vivir en él.
2. Vivir
de manera sobria. "Sed sobrios" (v. 13)
Vivir de manera sobria implica tener una vida controlada, disciplinada y guiada
por el Espíritu. A diferencia del hombre natural, que se deja arrastrar por los
deseos de la carne y del mundo, el creyente, habiendo sido transformado por la
gracia de Dios, es capaz de vivir en santidad, resistiendo las tentaciones y
buscando siempre agradar a Dios. Este control es posible solo a través del
Espíritu Santo de Dios, quien guía la vida del creyente.
3. Mostrar
obediencia al Padre. "Como hijos obedientes" (v. 14).
La obediencia a Dios es una señal clara de que somos
sus hijos. Un hijo de Dios, por la relación cercana y el conocimiento que tiene
de su Padre celestial, sabe reconocer su voz y seguir sus mandamientos. Esta
obediencia no es forzada, sino que nace de un corazón agradecido por la
salvación recibida. La obediencia es un reflejo de nuestra verdadera filiación
con Dios y de la transformación que ha obrado en nosotros.
4. Vivir
por encima del mundo. "No os conforméis a los deseos que antes teníais
estando en vuestra ignorancia" (v. 14).
El mundo vive conforme a los deseos de la carne y la
ignorancia de Dios. Sin embargo, el creyente no debe conformarse a estos
deseos, sino que debe vivir conforme a los principios del reino de Dios. Esto
implica rechazar las vanidades y las tentaciones que nos atraen desde el mundo,
y vivir con un propósito superior, guiados por el Espíritu y enfocados en las
realidades eternas que tenemos en Cristo.
5. Anhelar
y buscar la santidad. "Sino, como aquel que os llamó es santo, sed
también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está:
Sed santos, porque yo soy santo" (vv. 15-16).
El
llamado supremo de Dios para sus hijos es el de vivir en santidad. La razón
para este anhelo de santidad es clara: Dios es santo, y como sus hijos, debemos
reflejar Su santidad en todas nuestras acciones y actitudes. La santidad no es
una opción, sino un mandato que refleja nuestra identidad como miembros del
reino de Dios. A medida que crecemos en nuestra relación con Dios, nos vamos
haciendo más semejantes a Él, y nuestra vida debe reflejar Su carácter.
Para reflexionar:
El llamado de 1 Pedro 1:13-16 es un llamado a vivir
una vida transformada por el poder de la gracia divina. Debemos renovar nuestra
mente, vivir con sobriedad, obedecer a nuestro Padre celestial, rechazar los
deseos mundanos y anhelar la santidad, buscando reflejar el carácter de Dios en
nuestra vida diaria. Esto no solo es un mandato, sino una evidencia de la obra
que Dios ha comenzado en nosotros y que Él perfeccionará hasta el día de Cristo
Jesús.
Para reflexionar:
¿Qué has aprendido a través este
estudio devocional?