Amar con amor de Dios
”Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro”. 1 Pedro 1:22
El amor fraternal que Dios requiere en su Palabra es
un amor genuino, reservado únicamente para aquellos que han experimentado el
nuevo nacimiento a través de la Palabra de Dios, para aquellos que han nacido
de nuevo, en quienes habita el Espíritu Santo.
Ningún ser humano en su condición pecaminosa natural
es capaz de reflejar por sí mismo, este estilo de amor que Dios demanda; el
amor que exige la Palabra no es superficial, sino sobrenatural, un don divino
que ha sido depositado en los corazones en aquellos que han obedecido a la
verdad, es decir, en los hijos de Dios. Este estilo de amor no proviene de
nuestros propios esfuerzos o capacidades, sino que es una manifestación de la
gracia de Dios que transforma y renueva el corazón del creyente. Así lo expone
el apóstol Pedro en su carta, al decir: "Habiendo purificado vuestras
almas por la obediencia a la verdad".
El apóstol Juan expresó la inutilidad de tratar de
mostrar esta clase de amor cuando el ser humano no ha sido nacido de Dios,
cuando dijo: ”Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo
aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha
conocido a Dios; porque Dios es amor” 1 Jn. 4:7,8.
Agape es el amor de Dios,
el amor que Dios nos ha demostrado al enviar a Cristo para salvación de
nuestras almas (Ro. 5:8), y es el mismo estilo de amor que él exige de todos
sus hijos. Esto es posible solo por la provisión de Dios, pues ese mismo amor
ya ha sido derramado por su Espíritu en nuestros corazones: “porque el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos
fue dado” Ro. 5:5. De manera que el cristiano puede amar, aunque no con la
misma intensidad, si con el mismo tipo de amor con el que fue amado por Dios
¿No es esto algo grandioso?
El amor que ahora podemos expresar a los demás
creyentes no es tan perfecto como el que Dios tiene, pero es la misma clase de
amor que él exige, que él mismo lo demanda: "Amados, si Dios nos ha
amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás
a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha
perfeccionado en nosotros” 1 Jn. 4:11,12.
EL apóstol Pedro identifica tres cualidades
fundamentales que deben caracterizar el amor que deben reflejar los creyentes.
Este amor es un distintivo esencial de aquellos que han sido transformados por
la gracia de Dios. Estas cualidades son:
1. Amor
fraternal no fingido
Este amor es sincero, genuino y libre de hipocresías.
No es un amor superficial ni condicionado, sino uno que emana de una fe viva.
Es un amor auténtico, que no busca aparentar, sino que se manifiesta en
acciones reales y desinteresadas hacia los hermanos en Cristo.
2. Amor
entrañable
Este amor nace desde lo más profundo del ser. No es un
sentimiento superficial, sino una expresión que surge del interior, de lo más
profundo del corazón del creyente. Es un amor tierno, compasivo, que se
preocupa por el bienestar de los demás, reflejando la cercanía y el vínculo
espiritual que une a los hijos de Dios.
Un amor sincero, un amor sin hipocresías, derivado de
una fe viva.
3. Amor de
corazón puro
Este es un amor probado, un amor que ha sido refinado
y demostrado ser genuino. Es un amor que no está contaminado por egoísmos o
intenciones impuras, sino que es un reflejo de la pureza del corazón
transformado por el Espíritu Santo. Un amor que no solo se dice, sino que se
vive y se demuestra con acciones consistentes y sinceras.
?? Señor te doy gracias por tu inmensa gracia y por el amor incondicional
que me has mostrado. Hoy te pido humildemente que me concedas el don de ese
amor fraternal que tu Palabra nos enseña. Que tu Espíritu Santo inunde mi
corazón y me capacite para amar como tú me has amado.