Elegidos mediante la presciencia de Dios
”elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas.”. 1 Pedro 1:2
Presciencia, del gr. «prognõsis»,
se refiere al conocimiento anticipado que Dios tiene de todas las cosas,
eventos y realidades, antes que estas ocurran; la presciencia es el concepto
teológico que expresa la capacidad de Dios de conocer de manera perfecta y
total, los hechos del pasado, presente y futuro. Se trata de un poder
totalmente más allá de la capacidad de comprensión de la mente humana. Es
conveniente leer los siguientes versos referentes a la prognõsis de Dios
en la salvación: Ro. 8:29; 11:2; 1 P. 1:2, 20; 2 P. 3:17; 1 Tes. 1:4.
“Porque a los que antes conoció, también los
predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él
sea el primogénito entre muchos hermanos ” Ro. 8:29.
“ ya destinado desde antes de la fundación del
mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros ” 1
P. 1:20
La presciencia de Dios está en armonía con la con la
libertad humana, ya que, aunque Dios conoce nuestras decisiones y acciones
antes de que las tomemos, permite que el ser humano elija libremente.
El conocimiento anticipado de Dios abarca nuestra
respuesta al evangelio, pues él sabe quién recibirá el regalo de salvación a
través de la fe en Cristo Jesús. A aquellos que tienen la actitud correcta ante
el evangelio de Cristo, al reconocerlo como Señor y Salvador, el Señor les
llama los elegidos (1 Tes. 1:4).
La palabra “elegidos” significa literalmente “escogidos”,
“seleccionados”; en el Antiguo Testamento Dios había, por medio de su
soberanía, escogido a Israel de entre todas las naciones para que creyeran en
él y le pertenecieran (Dt. 7:6). En el Nuevo Testamento, “elegidos” es el
término que se usa para designar a los cristianos que han sido escogidos por
Dios para salvación (Ro. 8:33; Col. 3:12; 2 Ti. 2:10). Es importante entender que
en la elección de Dios no hay injusticia por parte de él, pues él no hace acepción
de personas
(Hechos 10:34, Romanos 2:11, Gálatas 2:6, Efesios 6:9);
aunque él sabe quiénes serán salvos, el ofrecimiento de esta gracia es para
todo el mundo, pues él no quiere que “que ninguno perezca, sino que todos
procedan al arrepentimiento” 2 P. 2:9.
Los salvos fuimos elegidos por Dios para ser parte de
su reino, para ser coherederos con Cristo y partícipes de todas las bendiciones
espirituales que le pertenecen a Cristo en un futuro (Ef. 1; Ro. 8). Sin
embargo, Pedro incluye como parte de la elección: elegidos… de Dios Padre en
santificación del Espíritu, para obedecer…
Al otorgarnos la salvación, Dios no solo nos ofreció
el rescate del infierno para darnos el cielo; la salvación no comienza en el
cielo sino en la tierra; una vez que creímos, comienza en nosotros el proceso
de santificación, el cual es una obra divina realizada por el Espíritu Santo.
Este proceso de consagración es gradual y tiene como objetivo apartarnos del
pecado y de la incredulidad, llevándonos a una vida de fe, justicia y
obediencia a la voluntad de Dios.
El fin de ser elegidos, es que el cristiano pueda
llevar una vida de obediencia a Cristo y su Palabra. Esto no significa
simplemente un cumplimiento externo de reglas, sino una transformación interna
que nos capacita para vivir conforme a los principios del Reino de Dios. La
santificación nos conduce a vivir una vida justa y fiel, a reflejar el carácter
de Cristo y a caminar de acuerdo con la guía del Espíritu Santo.
En su gran amor, Dios envió a su Hijo al mundo para
que, mediante su sacrificio en la cruz, efectuara la obra sustitutiva de
redención por nosotros. Al ser rociados con la sangre de Cristo, “somos
limpiados de nuestros pecados y somos reconciliados con Dios” (Ef. 1:7). La
redención por su sangre y el perdón de pecados nos permiten tener una nueva
relación con Dios y comenzar este proceso de transformación, que no depende de
nuestras obras, sino de la gracia inmerecida de Dios.
Para reflexionar:
Meditemos en la bendición sin igual de ser
considerados por Dios, elegidos por él para pertenecer a su reino, antes de la
fundación del mundo. Meditemos en la santificación y obediencia que implica ser
parte de esa elección.