Las delicias del Padre celestial
“Y seré para vosotros por Padre, Y vosotros me
seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. 2 Corintios 6:18
Un padre es un protector incansable, un guía y un sabio
consejero. Su presencia en la vida de sus hijos no solo se limita a brindarles
resguardo y seguridad, sino también a ser el faro que ilumina el sendero que
han de seguir. A través de su ejemplo, liderazgo y sabiduría, el padre dirige
con determinación el camino de sus hijos, proporcionándoles no solo lo
necesario para su bienestar físico, sino también las herramientas
indispensables para su crecimiento integral.
El cristiano ya no es un errante perdido, ni un
vagabundo sin dirección por este mundo. Su vida, que alguna vez estuvo marcada
por la incertidumbre y la búsqueda constante, ahora ha encontrado su propósito
y su destino. Ha hallado una familia y un hogar, el cual es su refugio de paz y
amor, en la presencia de su Padre celestial.
Al creer en Cristo recibimos de parte de Dios una
nueva identidad, ahora somos llamados “hijos de Dios”, no engendrados de
sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan
1:12,13).
Ser hijos de Dios nos otorga un presente lleno de
bendiciones, donde nuestras vidas están guiadas por Su sabiduría y Su voluntad,
viviendo bajo Su protección y dirección. Como hijos de Dios, gozamos además de un
futuro glorioso, lleno de esperanza, hemos sido hechos herederos de una
herencia incorruptible, guardada en los cielos, reservada para aquellos que han
creído en Su nombre y siguen Su camino.
En el Antiguo Testamento, Israel fue reconocido como
el pueblo elegido y legítimo de Dios, al cual Él rescató de la esclavitud, le
protegió durante su peregrinaje en el desierto, lo sustentó en su travesía y le
otorgó una bendición especial y exclusiva. Hoy, a través de la fe en
Jesucristo, podemos ser partícipes de esa misma bendición. No es necesario ser
descendiente de Abraham según la carne para ser herederos de la promesa de ser
el pueblo de Dios. La obra redentora de Cristo ha abierto el camino para todos
los que creen en Él, sin distinción de raza, cultura o antecedentes. Al
depositar nuestra fe en el Hijo de Dios, Jesucristo, como nuestro Señor y
Salvador, somos adoptados como hijos de Dios, y recibimos el privilegio inmenso
de formar parte de Su familia.
En Cristo, hemos recibido el maravilloso privilegio de
tener a un Padre celestial cuyo amor es incomparable (1 Juan 3:1); un Padre que
conoce y suple cada una de las necesidades de sus hijos (Mateo 6:32); un Padre
que se compadece de las aflicciones y debilidades de sus hijos (Salmos 103:13);
tenemos un Padre cercano a sus hijos que le buscan en necesidad (Salmos 34:18);
un Padre que escucha atentamente a los que le invocan con sinceridad (salmos
145:18), un Padre misericordioso que muestra su fidelidad cada mañana
(Lamentaciones 3:22,23); un Padre dadivoso que bendice con generosidad a sus
hijos, proveyéndoles bienestar (Santiago 1:17); Un Padre perdonador, dispuesto
a restaurarnos y corregir nuestras faltas (1 Juan 1:9).
Para reflexionar:
En Cristo, encontramos un Padre lleno de amor,
compasión, cercanía y perdón, un Padre que no solo provee nuestras necesidades,
sino que también nos ofrece una relación eterna basada en Su gracia y
misericordia.
Valoremos este hermoso privilegio de llamarnos “hijos
de Dios”
Gracias Padre celestial
por el amor manifestado a cada momento en la vida de tus hijos.