Del lodo a la roca
*_“Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová”_*. Salmos 40:1-3
El Salmo 40
ofrece una enseñanza sobre los resultados de confiar en el Señor y de esperar pacientemente
en Él. Este salmo nos invita a reflexionar sobre las bendiciones que emergen
cuando depositamos nuestra esperanza en Él, reconociéndolo como la única fuente
de nuestra confianza y fortaleza.
- Salvación
“Y me hizo
sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso” v. 2
Antes de conocer
el evangelio de nuestra salvación, nos encontrábamos sumidos en un abismo
profundo, un estado de desesperanza y condena del cual no podíamos librarnos
por nuestras propias fuerzas. La Biblia describe que estábamos muertos en
nuestros delito y pecados, en un estado de separación total de Dios.
En este estado de muerte espiritual, nos encontrábamos bajo la condena
del pecado, sin esperanza de redención ni posibilidad de liberarnos por
nosotros mismos. El pecado, con su naturaleza destructiva, nos mantenía
atrapados en la oscuridad y el sufrimiento, apartados de la luz y de la
comunión con nuestro Creador.
El suelo donde
antes pisábamos en el fondo de aquel pozo, era de lodo cenagoso, un sucio
pantano, un lodazal. Entre más deseábamos salir por nosotros mismos, más y más
nos hundíamos. Era imposible poder escapar por nuestras fuerzas. El fango
espiritual en el cual estábamos hundidos eran nuestros pecados en los cuales
vivíamos cautivos, atrapados y sin darnos cuenta.
Pero el Señor
hizo posible una salvación tan grande al tomarnos en sus brazos y elevarnos en
las alturas para rescatarnos oportunamente de ese pozo profundo.
La Palabra de
Dios dice que por gracia somos salvos por medio de la fe; esta salvación es un
regalo de Dios no por obras o méritos humanos (Efesios 2:8; Tito 3:5) y no
porque la merezcamos, pues es producto de su gracia inmerecida.
- Seguridad
“Puso mis pies
sobre peña, y enderezó mis pasos v. 2
Una vez que el
Señor nos rescató del pozo profundo de la desesperación y el pecado, él no solo
nos liberó de nuestra condena, sino que además nos brindó seguridad, el Señor
fijó nuestros pies firmes sobre la roca para darnos estabilidad.
¡Del lodo a la
roca! En Cristo, nuestros pies están
firmemente establecidos, ya que Él es la roca inamovible sobre la cual podemos
construir nuestras vidas; Jesús es la roca de nuestra salvación, en quien
tenemos seguridad.
“El solamente
es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré” Salmos 62:5
El mundo, en su
constante búsqueda de satisfacción y estabilidad, ofrece solo una apariencia de
seguridad, una estabilidad superficial y efímera que se basa en el placer
momentáneo y los logros humanos. Por el contrario, aquel que conoce a Cristo
encuentra una seguridad genuina, duradera e inquebrantable. Esta seguridad
descansa, no en las circunstancias y condiciones del mundo, sino en el carácter
inmutable del Señor.
_“Porque
¿quién es Dios sino sólo Jehová? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios?”_
Salmos 18:31
- Alabanza
“Puso luego en
mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios” v. 3
Al otorgarnos la
salvación, el Señor abrió nuestros labios para proclamar su grandeza.
El motivo
principal por el cual somos salvos no está centrado en el hombre, ni en las
muchas bendiciones que este recibe en Cristo por medio de la salvación (aunque
somos beneficiarios de innumerables bendiciones que recibimos al estar en
Cristo); el propósito fundamental de la salvación es resaltar la gloria de
Cristo, su maravilloso amor y su ilimitado poder al darnos vida.
¡Dios ha puesto
en nuestros labios alabanza que proclama su gloria!
Cristo vino a
este mundo “a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar
de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del
espíritu angustiado…” Isaías 61:3
Ahora somos de él
y para él, y esto glorifica su Nombre.
“Cantad al
SEÑOR un cántico nuevo; cantad al SEÑOR, toda la tierra” Salmos 96:1
La visión
profética de Juan en el libro de Apocalipsis nos ofrece una imagen gloriosa del
futuro, donde los redimidos, aquellos que han sido salvados por la gracia de
Dios, alabarán al Señor por toda la eternidad. En su revelación, Juan contempla
una multitud incontable de personas de todas las naciones, tribus, pueblos y
lenguas, unidas en un solo propósito: rendir homenaje y adoración a Aquel que
es digno de recibir toda gloria, honor y alabanza.
_“y cantaban un
nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos;
porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo
linaje y lengua y pueblo y nación”_ Apocalipsis 5:9
- Testimonio
“Verán esto
muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová” v. 3
Como resultado de
la salvación que Dios nos ha otorgado, el mundo podrá ver claramente que el
Señor transforma vidas. A lo largo de los evangelios, podemos ser testigos de
los innumerables milagros que Jesús realizó en la tierra: sanó a paralíticos,
devolvió la vista a ciegos, hizo hablar a los tartamudos, liberó a los
endemoniados y purificó a los leprosos. Estos milagros, realizados de manera
pública y ante la presencia de muchas personas, no solo demostraron el poder
divino de Cristo, sino que también sirvieron como un testimonio tangible de Su
autoridad y de la verdad de Su mensaje. Al ver estas obras sorprendentes,
muchas personas creyeron en Él y reconocieron a Jesús como el Mesías prometido.
La salvación que
Dios nos ha otorgado en Cristo es un milagro divino. Las vidas transformadas
por la gracia de Dios son un reflejo palpable de la realidad y el poder del
evangelio, y al ver estos cambios, los incrédulos se convierten en testigos del
gran poder de Dios.
Gracias Señor por
la salvación tan grande que has dado a mi vida: me has rescatado, me has dado
seguridad, has puesto alabanza en mis labios y ahora, soy testigo ante otros de
lo que tú has hecho en mi vida.