Donde está tu tesoro, está tu corazón
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también
vuestro corazón” Mateo 6:21.
Generalmente, aquello que más apreciamos en la vida tiende a ser a lo
que destinamos una mayor cantidad de recursos: pensamientos, energía, tiempo, dedicación.
El tesoro de algunos radica en sus bienes materiales, como el dinero, su casa, su
ropa, su automóvil; otros tienen su tesoro en su trabajo, otros en algún
deporte o en alguna actividad social, otros en algún negocio, en la religión,
en alguna relación sentimental, entre muchos.
La Biblia nos instruye a enfocar nuestro corazón y dedicar nuestra
atención, no en los asuntos terrenales, sino en aquellas cosas que son eternas
(Colosenses 3:2). Este principio no implica que debamos desatendernos de las
cosas materiales, evadiendo nuestras responsabilidades en la vida cotidiana,
sino que nos invita a establecer una jerarquía adecuada en nuestras
prioridades. Es fundamental dedicarles atención y esfuerzo a las áreas que
forman parte de nuestra existencia, pero debemos recordar que nuestra relación
con Dios debe ser nuestra principal prioridad. Él es quien debe ocupar el
primer lugar en nuestras vidas, quien guía nuestras decisiones y acciones.
Un hombre de mentalidad terrenal orienta sus esfuerzos y su atención
hacia las cosas del mundo, buscando en ellas su satisfacción y propósito. Su
prioridad radica en los logros materiales, el reconocimiento social, siendo
todas, experiencias que general alegrías temporales y efímeras. En contraste,
un hombre de mentalidad celestial dirige su mirada hacia las cosas eternas. Su
enfoque está en fortalecer su relación con Dios, lo que trae alegría perdurable
para su vida.
Mientras el mundo siga siendo el tesoro de muchos, sus almas estarán en
grave peligro de perderse, pues su enfoque estará en lo temporal, en lo que
perece con el tiempo. La constante búsqueda de riquezas materiales y placeres
mundanos puede apartarlos de lo que realmente tiene valor eterno.
Hasta que no hagamos a Dios el gran tesoro de nuestra alma y de nuestro
corazón, seguiremos buscando en las miserias del mundo aquello que nos ofrece
una satisfacción temporal y superficial. Solo cuando reconocemos a Dios como
nuestra verdadera joya, nuestro más grande anhelo, nuestro mayor tesoro, podremos
liberarnos de la constante búsqueda de cosas materiales. Al enfocarnos en Él,
nuestros deseos y nuestra esperanza se alinearán con lo eterno, dirigiendo
nuestra vida hacia un tesoro invaluable que no tiene comparación. Este tesoro,
que es Dios mismo, nos ofrece paz, propósito y un sentido profundo que
trasciende cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer.
Para reflexionar:
Al poner a Dios en primer lugar, nuestra vida cobra un propósito
eterno, y la certeza de su presencia en nosotros, nos garantiza una eternidad
llena de gozo.