Deseos de grandeza y superioridad
“...Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” Marcos 10:41-45.
Los deseos de grandeza y superioridad son expresiones comunes
del hombre natural, impulsados por una búsqueda constante de estatus y
reconocimiento en un mundo lleno de egoísmo y ambición. El hombre, en su
inclinación hacia la autosatisfacción, tiende a valorarse a sí mismo en
términos de poder y prestigio, adoptando una perspectiva en la que el
individualismo prevalece sobre el bienestar común.
A diferencia de los grandes reinos terrenales, donde el poder
y la grandeza se miden por la autoridad y el reconocimiento humano, en el reino
de los cielos el concepto de grandeza se redefine completamente. En este reino,
el mayor de todos es aquel que sirve a los demás con humildad y desinterés. La
petición de Juan y Jacobo, al solicitar ocupar un lugar de honor uno a cada
lado del Señor en Su gloria, revelaba un anhelo de grandeza y una ambición por
alcanzar una posición privilegiada en el reino venidero. Pero el Señor tomó
provecho de esta ocasión para corregir tal perspectiva y enseñarles una verdad
fundamental acerca de los valores del reino de los cielos. Jesús les explicó
que, en Su reino, la verdadera grandeza no reside en el reconocimiento ni en la
exaltación personal, sino en el servicio desinteresado a los demás. Quien
aspire a ser el primero deberá estar dispuesto a ser el servidor de todos, pues
el liderazgo en el reino de Dios se mide por la capacidad de humillarse y poner
las necesidades de los otros por encima de las propias.
E. D. Hulse dijo una vez: “humildad es algo extraño. Se
pierde en el momento en que se cree haberla obtenido” . Benjamín Franklin
expresó al respecto: “Quizás ninguna de nuestras pasiones naturales es más
difícil de someter que el orgullo. Derríbelo, sofóquelo, mortifíquelo todo lo
que quiera, y seguirá vivo. Incluso si yo me pudiera imagina que lo he vencido
por completo, posiblemente me sentiría orgulloso de mi humildad”
La altivez, la arrogancia y la soberbia son actitudes que no
tienen cabida en el reino de Dios, ya que este reino está fundamentado en
principios de humildad, servicio y amor hacia los demás. Es posible que Juan y
Jacobo, al presentar su solicitud al Señor, hayan caído en la tentación de
sentirse superiores a los demás discípulos, considerando que su cercanía al
Maestro les otorgaba un derecho especial a ser exaltados.
Es fundamental comprender que el propósito central de nuestro
Salvador Jesucristo, fue servir y dar Su vida en rescate de muchos. Su
sacrificio en la cruz es el máximo acto de amor y humildad, demostrando que el
camino hacia la verdadera grandeza no pasa por la exaltación personal, sino por
la entrega incondicional por el bienestar de los demás. Si Jesús, siendo el
Maestro por excelencia, nos dejó un ejemplo claro de humildad y servicio,
nosotros, sus siervos, estamos llamados a seguir Su ejemplo de manera plena y
constante.
Para reflexionar:
El acto de servir no debe ser visto como una carga, sino como
una bendición y un privilegio, que refleja el amor y la compasión, tal como lo
enseñó Cristo. Si Él, siendo el Hijo de Dios, se humilló hasta el extremo de
entregar Su vida por nosotros, ¿cómo podemos nosotros, sus seguidores,
considerar la humildad y el servicio como algo menos que esencial en nuestra
vida cotidiana? Practicar la humildad y el servicio hacia los demás no solo nos
acerca más a Cristo, sino que también nos permite vivir de acuerdo con los
principios del reino de Dios.
“Jehová exalta a los humildes” Salmos 147:6
Si quieres ser grande en el reino de Dios, COMIENZA A SERVIR
A LOS DEMÁS.