En silencio guardaré mis palabras
Del salmo 39 - primera parte
Este salmo establece una conexión cronológica y secuencial
con el anterior, y por ser así, es importante recordar el contexto del salmo
38: David estaba lamentando las terribles consecuencias de sus errores y
pecados, se habían levantado enemigos poderosos en su contra que buscaban
incesantemente su destrucción. Ante este cruel escenario, David clamaba con
fervor a Dios en busca de su perdón; deseaba con todo su ser sanar su corazón y
ser perdonado por Dios ante sus actos, pues se encontraba física, emocional y
espiritualmente, enfermo, cansado, atribulado, debilitado, y lo más doloroso,
se sentía lejos de Dios, sin su protección, sin su presencia.
Las súplicas de David son incesantes y se hallan impregnadas
de profundas lágrimas de dolor. Reconocía que sus fracasos no solo eran el
resultado de sus propios errores, sino que constituían un castigo divino, un
medio por el cual Dios le mostraba las consecuencias de sus transgresiones. Aunque
David ya había recibido el perdón por sus pecados, no podía liberarse de los
recuerdos punzantes y las consecuencias que estos habían dejado en su vida.
Entendiendo lo anterior, es más fácil encontrar el sentido de
este salmo, pues David cuida su boca ahora de no pecar ante su condición.
“Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua”
v. 1. David ahora guardaba su boca para no expresar con ella alguna palabra que
pudiera parecer queja ante Dios, pues a su alrededor había incrédulos que
pudieran malinterpretar sus palabras y usarlas una vez más en su contra.
Al evocar la experiencia de Job, se recuerda la magnitud de
las calamidades que marcaron su vida. Job, un hombre íntegro y temeroso de
Dios, se vio repentinamente sumido en una espiral de sufrimiento y pérdidas
devastadoras. En un solo instante, perdió todo lo que poseía: sus bienes
materiales, su salud e incluso a su familia. Sin embargo, a pesar de las
intensas pruebas que le fueron impuestas, la Escritura declara acerca de él:
“En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:22).
David se sentía tan pecador, que tenía temor de que, al abrir
su boca, pecara una vez más, expresando queja o descontento ante Dios. Esto
podría ser mal interpretado o mal intencionado por los malignos, atribuyéndole
a David falta de confianza en el Señor.
Es común que, al experimentar descontento, de inmediato
nuestra boca reclame ante las circunstancias desfavorables. Pero consideremos
los dos errores que cometeríamos al hacerlo:
Primero, cuestionar a Dios equivale a manifestar
inconformidad o una actitud de reclamo respecto a los planes que Él tiene para
nuestra vida. Este comportamiento refleja una postura de necedad, ya que
implica no reconocer la sabiduría y soberanía divina sobre todas las
circunstancias.
Segundo, expresar descontento o queja ante las situaciones
que vivimos constituye un mal testimonio como cristianos ante los incrédulos.
Al hacerlo, estamos proyectando una imagen de desconfianza en el Dios que
predicamos y a quien servimos.
Regresando al estudio del salmo, la resolución de David es:
no hablar, mantener su duelo de manera silenciosa. David, desde el salmo
anterior se mantuvo mudo ante sus acusadores: “Y soy como mudo que no abre
la boca” Salmos 38:13. Sabía que su justicia no estaba en sus labios, sino
en la justicia de Dios.
No obstante, guardar silencio no alivió el corazón y la mente
de David; por el contrario, su sufrimiento interno se intensificó. Él mismo
expresa en el salmo: “Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación
se encendió fuego…” v3 _“Cuanto más pensaba, más me enardecía” v3 NTV.
Podemos aprovechar una lección acerca de esto: el estar
quieto, meditando en los pensamientos de errores del pasado es verdaderamente
frustrante. La mente humana es un arma ofensiva contra nuestra paz, cavilar en
esos pensamientos que no son benéficos para nosotros pueden hundirnos y
destruirnos sin darnos cuenta, se vuelven un fastidio para nuestra alma.
El callar lo que sentimos no es la mejor solución para
eliminar nuestros problemas o sanar el corazón. Definitivamente hay que
expresarlos, pero expresarlos correctamente ante el oyente correcto, Dios. David,
en su sufrimiento, no permaneció en silencio por mucho tiempo; más adelante,
como veremos, encontró consuelo y fortaleza al dirigir sus pensamientos y
emociones directamente a Dios. (Esto lo veremos en el devocional de mañana).
Para meditar: Es sabio guardar silencio cuando nuestros
sentimientos atraviesan cambios, pues nuestras palabras pueden ser inadecuadas,
sobre todo cuando Dios está tratando en nuestras vidas. El Espíritu Santo y la
dirección de su Palabra nos darán la templanza para mantenernos en estas
situaciones.
Señor,
dame sabiduría para aceptar con gozo las circunstancias que parecen
desfavorables en mi vida, permíteme paz en medio de estas y dirección de tu
Espíritu para guardar mis labios de no pecar contra ti.
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