Gustavo Miranda

En silencio guardaré mis palabras

Del salmo 39 - primera parte

 Yo dije: Atenderé a mis caminos, Para no pecar con mi lengua; Guardaré mi boca con freno, En tanto que el impío esté delante de mí. Enmudecí con silencio, me callé aun respecto de lo bueno; Y se agravó mi dolor. Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación se encendió fuego, Y así proferí con mi lengua” Salmos 39:1-3

 

Este salmo establece una conexión cronológica y secuencial con el anterior, y por ser así, es importante recordar el contexto del salmo 38: David estaba lamentando las terribles consecuencias de sus errores y pecados, se habían levantado enemigos poderosos en su contra que buscaban incesantemente su destrucción. Ante este cruel escenario, David clamaba con fervor a Dios en busca de su perdón; deseaba con todo su ser sanar su corazón y ser perdonado por Dios ante sus actos, pues se encontraba física, emocional y espiritualmente, enfermo, cansado, atribulado, debilitado, y lo más doloroso, se sentía lejos de Dios, sin su protección, sin su presencia.

 

Las súplicas de David son incesantes y se hallan impregnadas de profundas lágrimas de dolor. Reconocía que sus fracasos no solo eran el resultado de sus propios errores, sino que constituían un castigo divino, un medio por el cual Dios le mostraba las consecuencias de sus transgresiones. Aunque David ya había recibido el perdón por sus pecados, no podía liberarse de los recuerdos punzantes y las consecuencias que estos habían dejado en su vida.

 

Entendiendo lo anterior, es más fácil encontrar el sentido de este salmo, pues David cuida su boca ahora de no pecar ante su condición.

 

Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua” v. 1. David ahora guardaba su boca para no expresar con ella alguna palabra que pudiera parecer queja ante Dios, pues a su alrededor había incrédulos que pudieran malinterpretar sus palabras y usarlas una vez más en su contra.

 

Al evocar la experiencia de Job, se recuerda la magnitud de las calamidades que marcaron su vida. Job, un hombre íntegro y temeroso de Dios, se vio repentinamente sumido en una espiral de sufrimiento y pérdidas devastadoras. En un solo instante, perdió todo lo que poseía: sus bienes materiales, su salud e incluso a su familia. Sin embargo, a pesar de las intensas pruebas que le fueron impuestas, la Escritura declara acerca de él: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:22).

  

David se sentía tan pecador, que tenía temor de que, al abrir su boca, pecara una vez más, expresando queja o descontento ante Dios. Esto podría ser mal interpretado o mal intencionado por los malignos, atribuyéndole a David falta de confianza en el Señor.

 

Es común que, al experimentar descontento, de inmediato nuestra boca reclame ante las circunstancias desfavorables. Pero consideremos los dos errores que cometeríamos al hacerlo:

Primero, cuestionar a Dios equivale a manifestar inconformidad o una actitud de reclamo respecto a los planes que Él tiene para nuestra vida. Este comportamiento refleja una postura de necedad, ya que implica no reconocer la sabiduría y soberanía divina sobre todas las circunstancias.

Segundo, expresar descontento o queja ante las situaciones que vivimos constituye un mal testimonio como cristianos ante los incrédulos. Al hacerlo, estamos proyectando una imagen de desconfianza en el Dios que predicamos y a quien servimos.

 

Regresando al estudio del salmo, la resolución de David es: no hablar, mantener su duelo de manera silenciosa. David, desde el salmo anterior se mantuvo mudo ante sus acusadores: “Y soy como mudo que no abre la boca” Salmos 38:13. Sabía que su justicia no estaba en sus labios, sino en la justicia de Dios.

 

No obstante, guardar silencio no alivió el corazón y la mente de David; por el contrario, su sufrimiento interno se intensificó. Él mismo expresa en el salmo: “Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación se encendió fuego…” v3 _“Cuanto más pensaba, más me enardecía” v3 NTV.

 

Podemos aprovechar una lección acerca de esto: el estar quieto, meditando en los pensamientos de errores del pasado es verdaderamente frustrante. La mente humana es un arma ofensiva contra nuestra paz, cavilar en esos pensamientos que no son benéficos para nosotros pueden hundirnos y destruirnos sin darnos cuenta, se vuelven un fastidio para nuestra alma.

 

El callar lo que sentimos no es la mejor solución para eliminar nuestros problemas o sanar el corazón. Definitivamente hay que expresarlos, pero expresarlos correctamente ante el oyente correcto, Dios. David, en su sufrimiento, no permaneció en silencio por mucho tiempo; más adelante, como veremos, encontró consuelo y fortaleza al dirigir sus pensamientos y emociones directamente a Dios. (Esto lo veremos en el devocional de mañana).

 

Para meditar: Es sabio guardar silencio cuando nuestros sentimientos atraviesan cambios, pues nuestras palabras pueden ser inadecuadas, sobre todo cuando Dios está tratando en nuestras vidas. El Espíritu Santo y la dirección de su Palabra nos darán la templanza para mantenernos en estas situaciones.

 

     Señor, dame sabiduría para aceptar con gozo las circunstancias que parecen desfavorables en mi vida, permíteme paz en medio de estas y dirección de tu Espíritu para guardar mis labios de no pecar contra ti.

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Pastor Gustavo Miranda

Pastor en Iglesia Bautista Berea en Gómez Palacio, Dgo.
Doctor en Teología, maestro en educación y ministro de música y adoración.

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