Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?
En la época de Jesús, los fariseos eran un grupo de
religiosos que, bajo una apariencia de piedad, profesaban justicia, pero
ocultaban, tras su vestimenta religiosa, una moral falsa. Se consideraban más
santos que la mujer a la que juzgaban. Creían que, al haberla encontrado en el
mismo acto de pecado, ella debía sufrir las consecuencias que la ley dictaba,
es decir, ser lapidada, y se consideraban dignos de emitir tal juicio.
Sin embargo, Jesús desmanteló la perspectiva que los
fariseos tenían de sí mismos como aparentes cumplidores de la ley. Lo hizo al
revelar el perverso corazón de cada uno de ellos, escribiendo en la tierra los
pecados ocultos de cada uno.
Charles Spurgeon dijo alguna vez: "Nadie es
más miserable que el que peca secretamente, pero trata de preservar su imagen
delante de los hombres"
Los fariseos procuraron manifestar su aparente vida
piadosa promoviendo el pecado, pues le tendieron una trampa a la mujer para que
ella pecara y entonces fuera atrapada; además pretendieron ejercer su justicia
injustamente, pues solo acusaron a la mujer, pero no al hombre que estaba con
ella. En contraste, el propósito de Cristo fue conducir a la mujer pecadora al
arrepentimiento y al abandono de sus pecados. Jesús no juzgó a la mujer, pero
sí reprendió sus actos.
¡Jesús le manifestó su gracia a esta humillada mujer!
¿Quién podría considerarse libre de todo pecado y
tener la autoridad para arrojar la piedra contra aquella mujer pecadora? Solo
Él, Jesucristo, quien era la única persona perfecta en ese escenario, el único
Santo que jamás había cometido pecado. Reflexionemos sobre esto: el único capaz
de juzgarnos decidió, en cambio, perdonarnos.
Jesús no condenó a la mujer, pero tampoco pasó por
alto su pecado. Él manifestó Su gracia a través del perdón, y gracias a ello,
la mujer fue restaurada. Dios extendió sobre ella Su manto de misericordia y
perdón.
Dos reflexiones:
1. ¿Eres de los que todo el tiempo señalan los errores de los demás y los hace sentir culpables?
Aquel que está empecinado en mirar las faltas de los
demás, está llamado a examinarse primero a Si mismo.
El error se debe señalar y corregir, pero en amor y
con misericordia, recordando que todos somos pecadores y que cada uno
necesitamos de la gracia de Dios (Stg. 5:20).
2. ¿Te has sentido acusado duramente alguna vez por
haber caído en un pecado? La gracia de Dios se extiende a tu vida y te ofrece
el perdón completo; lo único que necesitas es humillar tu corazón ante el
Señor; pídele perdón por tus pecados y confía en él como tu suficiente
Salvador. Él quiere restaurar tu ser y darte vida eterna. Si ya has hecho esto,
ya eres perdonado, _“…vete, y no peques más”_.