Gustavo Miranda

Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?

 ”…Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” Juan 8:10,11.

 

En la época de Jesús, los fariseos eran un grupo de religiosos que, bajo una apariencia de piedad, profesaban justicia, pero ocultaban, tras su vestimenta religiosa, una moral falsa. Se consideraban más santos que la mujer a la que juzgaban. Creían que, al haberla encontrado en el mismo acto de pecado, ella debía sufrir las consecuencias que la ley dictaba, es decir, ser lapidada, y se consideraban dignos de emitir tal juicio.

 

Sin embargo, Jesús desmanteló la perspectiva que los fariseos tenían de sí mismos como aparentes cumplidores de la ley. Lo hizo al revelar el perverso corazón de cada uno de ellos, escribiendo en la tierra los pecados ocultos de cada uno.

 

Charles Spurgeon dijo alguna vez: "Nadie es más miserable que el que peca secretamente, pero trata de preservar su imagen delante de los hombres"

 

Los fariseos procuraron manifestar su aparente vida piadosa promoviendo el pecado, pues le tendieron una trampa a la mujer para que ella pecara y entonces fuera atrapada; además pretendieron ejercer su justicia injustamente, pues solo acusaron a la mujer, pero no al hombre que estaba con ella. En contraste, el propósito de Cristo fue conducir a la mujer pecadora al arrepentimiento y al abandono de sus pecados. Jesús no juzgó a la mujer, pero sí reprendió sus actos.

 

¡Jesús le manifestó su gracia a esta humillada mujer!

 ¿Quién podría considerarse libre de todo pecado y tener la autoridad para arrojar la piedra contra aquella mujer pecadora? Solo Él, Jesucristo, quien era la única persona perfecta en ese escenario, el único Santo que jamás había cometido pecado. Reflexionemos sobre esto: el único capaz de juzgarnos decidió, en cambio, perdonarnos.

 

Jesús no condenó a la mujer, pero tampoco pasó por alto su pecado. Él manifestó Su gracia a través del perdón, y gracias a ello, la mujer fue restaurada. Dios extendió sobre ella Su manto de misericordia y perdón.

 

Dos reflexiones:

1. ¿Eres de los que todo el tiempo señalan los errores de los demás y los hace sentir culpables?

Aquel que está empecinado en mirar las faltas de los demás, está llamado a examinarse primero a Si mismo.

El error se debe señalar y corregir, pero en amor y con misericordia, recordando que todos somos pecadores y que cada uno necesitamos de la gracia de Dios (Stg. 5:20).

 

2. ¿Te has sentido acusado duramente alguna vez por haber caído en un pecado? La gracia de Dios se extiende a tu vida y te ofrece el perdón completo; lo único que necesitas es humillar tu corazón ante el Señor; pídele perdón por tus pecados y confía en él como tu suficiente Salvador. Él quiere restaurar tu ser y darte vida eterna. Si ya has hecho esto, ya eres perdonado, _“…vete, y no peques más”_.

 

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Pastor Gustavo Miranda

Pastor en Iglesia Bautista Berea en Gómez Palacio, Dgo.
Doctor en Teología, maestro en educación y ministro de música y adoración.

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